Detuvimos la lancha bajo la refrescante sombra de la isla. Ella descansaba sosegada sobre las tranquilas aguas, a pocas millas de la bulliciosa ciudad y las gaviotas revoloteaban ruidosamente describiendo círculos sobre nuestras cabezas. Sobre el acantilado, los cormoranes miran al horizonte como si buscasen algo en la inmensidad del mar o esperaran la pronta llegada de algún visitante. Nos lanzamos al agua nadando hacia la roca, buscando buenos agarres para empezar la escalada, esperando un golpe de mar que nos aupara y nos ayudara a llegar más arriba. Ascendimos por sus faldas intentando no caer hasta donde nos permitió nuestra habilidad o nos llegaron nuestras fuerzas. Después nos dejamos caer, un refrescante chapuzón y vuelta a empezar. Esta vez más allá donde el sol del atardecer nos arropaba con su calidez. De nuevo arriba, esta vez hasta lo más alto entre los lentiscos y las chumberas, en un viaje clandestino que la isla, que nos miraba condescendiente, permitía. Desde arriba, el agua cristalina nos dejaba ver sus entrañas, hechas de roca, y el paso rápido de las castañuelas. Al levantar la vista hacia la lejanía pronto descubrimos lo que tiene maravillado a los cormoranes: la extraordinaria belleza de la plácida mar vista desde la isla.miércoles, 15 de septiembre de 2010
La isla
Detuvimos la lancha bajo la refrescante sombra de la isla. Ella descansaba sosegada sobre las tranquilas aguas, a pocas millas de la bulliciosa ciudad y las gaviotas revoloteaban ruidosamente describiendo círculos sobre nuestras cabezas. Sobre el acantilado, los cormoranes miran al horizonte como si buscasen algo en la inmensidad del mar o esperaran la pronta llegada de algún visitante. Nos lanzamos al agua nadando hacia la roca, buscando buenos agarres para empezar la escalada, esperando un golpe de mar que nos aupara y nos ayudara a llegar más arriba. Ascendimos por sus faldas intentando no caer hasta donde nos permitió nuestra habilidad o nos llegaron nuestras fuerzas. Después nos dejamos caer, un refrescante chapuzón y vuelta a empezar. Esta vez más allá donde el sol del atardecer nos arropaba con su calidez. De nuevo arriba, esta vez hasta lo más alto entre los lentiscos y las chumberas, en un viaje clandestino que la isla, que nos miraba condescendiente, permitía. Desde arriba, el agua cristalina nos dejaba ver sus entrañas, hechas de roca, y el paso rápido de las castañuelas. Al levantar la vista hacia la lejanía pronto descubrimos lo que tiene maravillado a los cormoranes: la extraordinaria belleza de la plácida mar vista desde la isla.
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