Sin
embargo, no todos los que estábamos frente al televisor lo hacíamos con la sana
intención de disfrutar de la velada. Una legión de implacables cruzados de la
pluma, no tenía cosa mejor que hacer, un sábado por la noche, que escrutar cada
una de las frases que las periodistas pronunciaban, y si detectaban cualquier
tipo de error, por mínimo que fuese, le lanzaban su arma más mortífera. Un
comentario de Twitter. Estos paladines de las letras (me pregunto si habrán
aprobado Lengua en la ESO) que ya habían dado cuenta de la joven, inexperta y
todavía no licenciada Sara Carbonero durante el Europeo de fútbol, se atreven
ahora con rivales de mayor enjundia espoleados por su anterior éxito. El
objetivo ha sido, esta vez, la veterana periodista María Escario que cometió
algunas incorrecciones (que no errores) que toda persona acostumbrada a hablar
en público durante horas y en directo consideraría normales.
La comentarista explicó, por
ejemplo, que niños sordomudos cantarían el himno de Inglaterra y, claro, a los
Legionarios de la Lengua Española, la mayoría de los cuales no son capaces de
hablar en público más de tres minutos sin tartamudear o introducir varios “o
sea” en su discurso, ya les goteaba el colmillo. ¡Buah! ¡Niños sordomudos
cantando, qué burra! seguro que exclamaron. Lo que seguramente no saben estos
Inquisidores de las Buenas Letras es que los niños sordomudos, además de
trasladar la letra del himno al lenguaje de signos, con el trabajo de los
terapeutas y su esfuerzo pueden hablar y, por supuesto, cantar. Pero claro,
esto no interesa, lo que interesa es señalar los errores de los demás para así
creer que están por encima de ellos.
Sin embargo, lo peor de este
tipo de comentarios en la red social no son las críticas en sí, sino la porquería
que subyace en ellos. Lo primero que me llama la atención es que una panda de
iletrados en su mayoría, que difícilmente pueden escribir dos líneas sin usar
la “k” gratuitamente o sin cometer faltas de ortografía de nivel de 1º de
primaria, se atrevan a juzgar de la forma en que lo hacen a gente preparada,
profesional y experta. Pero no acaba ahí la cosa, ya que las observaciones van,
generalmente, destinadas a mujeres periodistas por lo que se desprende cierto
tufillo machista. Y, finalmente, está lo más profundo y lo más triste. Estos
miserables acusicas, se dedican a rebuscar en las imperfecciones de los demás,
señalar sus defectos, magnificarlos absurdamente y exponerlos a los cuatro
vientos, buscando ridiculizar al blanco de sus críticas amparándose en el
anonimato que proporciona la red, los muy cobardes. De esta forma, cuando creen
destruido su objetivo y apagan el ordenador, pueden irse a dormir con la
satisfacción del deber cumplido y la falsa sensación de que, en el mundo de la
gente que triunfa en televisión, hay personas que son tan mediocres como ellos.