sábado, 1 de marzo de 2008

Delfines

El otro día dije que habían cosas que, sin ser demasiado importantes, le alegraban a uno el día. Esta vez no ha sido en un bar, ni la causante ha sido una chica guapa. Esta vez la cosa ha ocurrido en el mar, a bordo de la lancha de mi amigo Alejandro, cuando nos íbamos a bucear con el club a la isla de Benidorm. La culpa de todo la ha tenido un banco de delfines que, en las últimas fechas, se pasea en un número estimado de unos doscientos, por la costa alicantina.
La verdad es que podía haber sido mejor porque Toni, que ha ido de piloto en el primer turno de buceo, me había dicho que habían visto como una veintena de los simpáticos mamíferos cerca de la piscifactoría. Nosotros sólo hemos visto cinco. Primero, tan solo eran las salpicaduras en el mar las que nos decían que todavía estaban allí. Después un par de lomos coronados por sendas aletas se han asomado tímidamente a la superficie, a cien metros escasos de barco. Pero lo mejor de todo estaba por llegar. Una pareja de delfines se ha dirigido hacia la barca, nadando a la misma velocidad, realizando los mismos movimientos como si estuviesen haciendo natación sincronizada, han hundido sus aletas a unos cinco metros de nosotros y han pasado por debajo de la lancha. Desde la embarcación hemos podido ver (hoy el agua estaba clarísima) las alargadas sombras de casi tres metros pasando por debajo de nuestros pies.
Después la inmersión no ha sido nada del otro mundo: tres pulpos, una morena y dos pequeñitos nudibranquios, pero no por ello ha sido aburrida. Siempre queda el gustazo de, en vez de pasear por la plaza mayor de cualquier ciudad, hoy pasear por una plaza bajo el mar. Sustituyendo los coches, motos y gente hablando por los móviles por nubes de castañuelas, salpas y serranitos y cambiando el ruido incesante que nos rodea, por la calma absoluta de las profundidades marinas, tan solo interrumpida por el ritmo acompasado de tu respiración convertido en una brillante columna de burbujas.
A la vuelta, no hemos vuelto a ver a los delfines. Tal vez colmado ya su apetito se han ido a alegrar otra zona con su presencia. Y es que como comentábamos luego, da alegría ver a estos animales en estado salvaje en una zona, la nuestra, en la que cada vez cuesta más ver animales en estado de libertad. En tierra, porque sus hábitats están cada vez más reducidos por moles de cemento y ladrillo. En el mar, por culpa de algunos pescadores sin escrúpulos y la contaminación que vertemos al mar. Así que hoy hemos disfrutado de su presencia. Y ójala, estos delfines que han pasado por debajo de nuestro barco, sean macho y hembra. Y que tengan más delfines. Y que poco a poco vayan repoblando nuestro mar de estos pacíficos animales y podamos verlos con más asiduidad, que merece la pena.

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